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domingo, 5 de junio de 2016

Cómo fue la batalla de Chacabuco, por la que el mundo conoció a San Martín

Estaba cuidadosamente planeada, pero las cosas no salieron según lo previsto. El jefe del Ejército de Los Andes debió improvisar sobre la marcha y hasta involucrarse él mismo en el combate


Pese a la habitual parquedad de San Martín cuando tomaba la pluma, se lo nota orgulloso y exultante en la comunicación que envía a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas después de Chacabuco, el 22 de febrero de 1817: "... el eco del Patriotismo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al Ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en 24 días hemos hecho la Campaña, pasamos las Cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la Libertad a Chile".
Diez días antes, el 12 de febrero, había tenido lugar la batalla de Chacabuco, que sería la coronación de una operación audaz por su concepción y brillantemente ejecutada: el cruce de Los Andes por el ejército que San Martín venía organizando y entrenando en la gobernación de Cuyo desde hacía tres años. Derrotados en Rancagua, los patriotas chilenos habían pasado a Mendoza. Entre ellos, Bernardo O'Higgins y Ramón Freire ayudaron a San Martín a organizar el Ejército de Los Andes y se pusieron bajo su mando.
La sorpresa era un factor fundamental para un ejército patriota que disponía de menos hombres y armas que el realista. Las tropas de San Martín habían cruzado divididas, por tres pasos diferentes, algo que les fue hábilmente ocultado a los realistas. El gobernador de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no tenía un plan claro de defensa; la llegada del Ejército de los Andes lo sorprendió con la tropa dispersa, algo a lo que lo había forzado San Martín al multiplicar los cruces. Además de los tres principales, hubo cuatro secundarios, dos al norte y dos al sur. La operación estuvo tan bien coordinada que, pese a su complejidad, la altura de la cordillera a atravesar y la extensión de los cruces en un frente de unos 800 kilómetros, las tropas patriotas llegaron casi todas al mismo tiempo a Chile, entre los días 6 y 7 de febrero.
El cruce de los Andes
Luego de varios combates menores, los patriotas estaban dominando el norte de Chile, por donde había pasado el grueso del ejército.
San Martín prepara entonces el enfrentamiento decisivo en la cuesta de Chacabuco, a 50 kilómetros al norte de la ciudad de Santiago. Para ello concentra sus tropas en Curimón.
Marcó del Pont designa al brigadier Rafael Maroto para enfrentar a los patriotas y detener su avance, defendiendo la Capital. Tendrá 2500 hombres a su mando: una compañía de húsares y varios batallones de Infantería..
San Martín por su parte disponía de 3500. Los patriotas se dividen en dos columnas, dirigidas por Miguel Estanislao Soler y por Bernardo O'Higgins, integradas por los Batallones nº1 de Cazadores de los Andes y nº11 de infantería, con el apoyo de los batallones 7 y 8 de Infantería, y 4 escuadrones de Granaderos a Caballo.
Los realistas fijan campamento en la víspera de la batalla en las casas de la hacienda de Chacabuco.
El plan del jefe del Ejército de los Andes era que una de las columnas atacara de frente a los realistas, para fijarlos –"aferrarlos", en lenguaje militar- en el terreno, para dar tiempo a la otra columna a avanzar dando un rodeo y atacarlos por el flanco y la retaguardia en un movimiento envolvente. Una táctica napoleónica que San Martín había tenido tiempo y oportunidad de estudiar muy bien. El mapa que acompaña esta nota muestra el escenario y los movimientos planeados.
El plan de batalla de San Martín
San Martín envía a O'Higgins al frente de la división menos numerosa, por el camino más corto y más escarpado –la cuesta vieja-, para atacar a las fuerzas realistas que él cree están aun en las casas de Chacabuco. Soler, mientras tanto, marcha con su división hacia el mismo lugar pero por el camino más largo (llamado cuesta nueva), para aparecer por el flanco y decidir la suerte de la batalla. Por eso O'Higgins debía demorar el combate hasta la llegada de Soler.
"El general O'Higgins –escribe Carlos A. Pueyrredón en La Campaña de los Andes-, al divisar a las tropas opresoras de su Patria, no pudo contenerse, e impulsado por su valor legendario se lanzó a la carga, resuelta e imprudentemente, contrariando las instrucciones de San Martín de esperar a la División Soler, para iniciar juntos el combate".
En este punto, hay cierto debate entre los historiadores. Algunos señalan que, habiendo San Martín dado la orden de no atacar hasta la llegada de Soler, que debía rodear el cerro, el apresuramiento de O'Higgins –inspirado en su arrojo, virtud en la cual todos coinciden- comprometió la estrategia del Libertador y lo obligó a intervenir. Cabe señalar que la primera carga de O'Higgins contra los realistas había fracasado y el jefe chileno se había visto forzado a retroceder.
Otros señalan que, en realidad, como el ejército realista marchó cuesta arriba –no se quedó en las casas de Chacabuco- al avanzar O'Higgins según lo previsto para posicionarse con el fin de atacarlos de frente, se encuentra de pronto con que las fuerzas de Maroto están a una distancia mucho menor de la que se esperaba. Por eso la batalla se empeña antes de lo previsto.
Fue ese el momento en que O'Higgins, desenvainando el sable, gritó: "¡Vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!" y cargó contra el enemigo.
Según el historiador Isidoro Jorge Ruiz Moreno, San Martín consideraba a O'Higgins "valiente hasta la temeridad", pero "le criticaba la falta de conocimientos estratégicos". A diferencia de San Martín, O'Higgins, como otros jefes revolucionarios –y podemos pensar en el caso de Manuel Belgrano- se habían formado en el mismo proceso.
Pero el terreno no era propicio para el ataque, había quebradas que dificultaban el avance de la caballería, y esa primera carga de O'Higgins contra los españoles será vencida. Un segundo ataque lanzado por el jefe chileno estaba encontrando serias dificultades.
La batalla de Chacabuco, librada el 12 de febrero de 1817
Advertido San Martín de lo que ocurre, ordena a Soler atacar de inmediato. Más aún, decide intervenir él mismo en la batalla (ver video al pie de esta nota). Baja la cuesta al frente de sus granaderos y llega en el momento en que O'Higgins se disponía a lanzar un nuevo ataque frontal contra el enemigo realista. "El gran capitán venía bajando la cuesta al frente de sus granaderos cuando se apercibió del acto de arrojo de O'Higgins –sigue el relato de Carlos Pueyrredón en la obra citada-. Ordenó inmediatamente a los regimientos 7 y 8 de infantería que calaran bayoneta y atacaran resueltamente al centro del ejército realista; enseguida, a lanza y sable, arremetió contra el enemigo, para auxiliar a O'Higgins".
El general Gerónimo Espejo, que participó de la Campaña de los Andes, lo cuenta así: "Al ver en tan inminente riesgo la obra que le costaba tantos sudores y desvelos, el pundonor, la responsabilidad, el despecho, quizás lo condujeron (a San Martín) a la cabeza de los Granaderos, resuelto a triunfar o no sobrevivir si se consumaba el infortunio".
Miguel Ángel de Marco (ver su análisis en esta misma edición) recuerda que la estatua del general San Martín espoleando el caballo, con el dedo señalando en el aire, que nos es tan familiar, está inspirada en ese momento crucial de la batalla de Chacabuco cuando, al ver lo que estaba ocurriendo con O'Higgins, le dijo a su ayudante "Vaya y dígale al general Soler que ataque de inmediato", y luego montó a caballo para avanzar él mismo con sus granaderos.
La estatua ecuestre de San Martín, inspirada en la batalla de Chacabuco
Fue la última vez que se involucró físicamente como comandante en el combate, algo absolutamente inhabitual y que inquietó sobremanera a Pueyrredón: "Lo que sé por Luzuriaga –le escribe preocupado- es que usted con dos escuadrones de granaderos tuvo que meterse entre las líneas enemigas. De esto infiero, o que la cosa estuvo apurada, o que no tuvo usted jefe de caballería de confianza, porque en todo otro caso yo acusaría a usted del riesgo en que se puso. Dígame usted con la franqueza que debe lo que hubo en esto (...). Por Dios, cuídese usted, porque su vida y su salud interesan extraordinariamente al país y a sus amigos".
El ataque combinado de O'Higgins y San Martín, sumado al de Soler, rompe las filas realistas. Se retira la caballería, mientras que la infantería es perseguida varios kilómetros. La batalla, cuyos primeros movimientos se habían iniciado de madrugada, concluye entre las 3 y 4 de la tarde.
El parte de San Martín a Pueyrredón es brevísimo pero completo: "Una división de mil ochocientos hombres del ejército de Chile acaba de ser destrozada en los llanos de Chacabuco por el ejército de mi mando en la tarde de hoy. Seiscientos prisioneros, entre ellos treinta oficiales, cuatrocientos cincuenta muertos y una bandera que tengo el honor de dirigir es el resultado de esta jornada feliz con más de mil fusiles y dos cañones. La premura del tiempo no me permite extenderme en detalles, que remitiré lo más breve que me sea posible: en el entretanto, debo decir a V. E., que no hay expresiones como ponderar la bravura de estas tropas: nuestra pérdida no alcanza a cien hombres. Estoy sumamente reconocido a la brillante conducta, valor y conocimientos de los señores brigadieres don Miguel Soler y don Bernardo O'Higgins. Dios guarde a V. E. muchos años. Cuartel general de Chacabuco en el campo de batalla, y febrero 13 de 1817."
Chacabuco fue una victoria completa que les dio a los patriotas el dominio de Santiago. Marcó del Pont huye pero es capturado en Valparaíso cuando se preparaba para abordar un barco hacia Lima.
San Martín en la batalla de Chacabuco
El propio enemigo describe con gran precisión el impacto estratégico de la batalla. Desde Lima, el virrey Joaquín de la Pezuela admitirá que "la desgracia" padecida por sus fuerzas en Chacabuco había transformado "enteramente el estado de las cosas". "Cambióse el estado de la guerra", dijo.
La primera consecuencia es la entrada de los patriotas a la capital de Chile el mismo día 14, dos días después de Chacabuco. Los chilenos le ofrecen la titularidad del gobierno a San Martín la máxima jefatura de gobierno, como Director Supremo de Chile. Él declina el ofrecimiento y recomienda el nombramiento de O'Higgins.
Como vimos, en su parte de la batalla, San Martín no hace ningún reproche a O'Higgins. Muy por el contrario. Más tarde, en carta detallada a Pueyrredón sobre el desenvolvimiento de la batalla, nuevamente destaca el desempeño de sus subordinados y agrega varios nombres a la lista. "Sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O'Higgins, la expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos; les estoy sumamente reconocido, asimismo a los individuos del Estado Mayo, cuyo segundo jefe, el coronel Beruti, me acompañó en la acción y comunicó mis órdenes, así como lo ejecutaron a satisfacción mía mis ayudantes de campo el coronel don Hilarión de la Quintana, don José Antonio Álvarez, don Antonio Arcos, don Manuel Escalada y don Juan O'Brien". También nombra a los comandantes Cavot, Rodríguez y Freyre –que actuaron en otras zonas de Chile- y promete ampliar la lista de patriotas que se destacaron en la acción de Chacabuco, cuando reciba los informes del desempeño de toda la tropa, "para que sus nombres no queden en el olvido".
O'Higgins y San Martín, victoriosos
La amistad entre San Martín y O'Higgins fue una de las más fructíferas para la causa de la emancipación americana. Unió a dos hombres dispuestos a todo renunciamiento personal en aras del interés del conjunto. Entre ellos no hubo celos ni competencias que pudieran comprometer sus objetivos.
O'Higgins jamás escatimó a San Martín el reconocimiento que éste merecía por la emancipación de Chile y le brindó su amistad y lealtad hasta el fin.
Bernardo O'Higgins
Al asumir el gobierno de Chile, el 17 de febrero de 1817, se dirigió a sus compatriotas en estos términos: "Nuestros amigos los hijos de las Provincias del Río de la Plata [...] acaban de recuperaros la libertad usurpada por los tiranos. Estos han desaparecido cargados de su vergüenza al ímpetu primero de un ejército virtuoso y dirigido por la mano maestra de un general valiente experto y decidido a la muerte o a la extinción de los usurpadores".

Por Claudia Peiró

lunes, 27 de julio de 2015

El Regreso del Sable Corvo de San Martín

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Restaurar es llevar las cosas a su estado original. Reproducirlas, serles fiel, es también un modo de honrarlas. A días de un nuevo aniversario de la gesta patria del 25 de Mayo de 1810, esas dos tareas, caras a los historiadores y a los artistas, se manifestarán en dos hechos coincidentes, con un único fin, el de rendir homenaje a una reliquia de los argentinos: el legendario sable corvo del General José de San Martin.
Por un lado, la pieza será reintegrada el próximo sábado 23 al acervo del Museo Histórico Nacional, donde estuvo desde fines del siglo XIX hasta 1967, cuando el dictador Juan Carlos Onganía decidió instalarlo en el Regimiento de Granaderos a Caballo.
Por el otro, la épica del sable del Libertador volverá a relucir de la mano de un orfebre, nada menos que Juan Carlos Pallarols, convocado para realizar un calco del arma, en vísperas de las celebraciones de Mayo.
"Calco y no réplica –advierte el renombrado artesano–, porque será milímetro a milímetro fiel reproducción del original, con las mismas huellas y marcas que acumuló en el fragor de las batallas el sable corvo de San Martín. Para mí, un orgullo estar al frente de este trabajo", dijo a Télam el renombrado artesano, hacedor también de los bastones presidenciales desde el retorno de la democracia y de magníficas obras en metales preciosos para papas, reyes y princesas.
El punto destacado de la semana conmemorativa, en la que habrá muchos eventos destinados a la celebración de otro aniversario de la Revolución de 1810, se desarrollará durante el mediodía del día 23, cuando un desfile patrio acompañe el traslado del sable sanmartiniano desde el Regimiento de Palermo hasta el Museo Histórico Nacional, en Parque Lezama, donde reposará en una sala especialmente diseñada para su exhibición.
"Después de mi trabajo habrá, entonces, el sable original y un calco, que llegado el caso de una desgracia, queda como testimonio. No es la réplica común que le dan a los generales. Esto tiene el mismo material, con cuero labrado: se hizo una matriz para estampar y se consiguieron todos los materiales originales. El resto se hace en cobre, que finalmente va con una terminación de oro. Hasta copiamos el gastado", explica Pallarols.
Así, el sable de origen árabe que San Martín compró a un anticuario de Londres antes de iniciar su campaña militar en la América del Sur, y que legó a Juan Manuel de Rosas, volverá a la vida. Orgulloso por la convocatoria, Pallarols asegura: "Pocas veces en la vida sentí la emoción y el orgullo de esta vez. No hace mucho que me lo pidieron y tampoco estoy demasiado al tanto de lo que ocurrirá ese día en el desfile. Llevo, desde hace casi un mes, 18 horas diarias de trabajo. Lo voy a dejar en un cofre cerrado y quedará con custodia, seguramente. Mi responsabilidad termina cuando termino la obra, pero debo reconocer que lo he disfrutado y lo he llorado, al igual que a mis compañeros de trabajo."
Al ser tan liviana, el arma –que de la punta hasta el extremo de la empuñadura tiene 99 centímetros– "era muy apropiada para los combates cuerpo a cuerpo, y por su curvatura, la hoja era agresiva en toda su extensión", dice el maestro, que trabaja a destajo con un equipo de ocho artesanos en su taller del barrio de San Telmo, para que la pieza esté lista el 23.
Dice que cuando llegó el sable original a su taller, sintió, al tocarlo, "la carga emotiva de la pieza", y al tomarlo en sus manos con unos guantes blancos que le proporcionó la custodia, no pudo refrenar "las imágenes de batallas y trifulcas, el galope y tropezones, la furia del caballo".
El emblemático sable corvo llegó a su taller de Defensa al 900 en un vehículo de la Gendarmería. "El celo con que fue cuidado es increíble. Lo llevaban y lo traían cada día, pero una noche que no pude desmontar la pieza, un granadero debió quedarse en mi taller", cuenta el orfebre. Tres días estuvo allí el sable cuyo dueño liberó a medio continente, el mismo que Manuelita Rosas legó al Museo Histórico, adonde llegó desde Inglaterra en marzo de 1897, que en los años '60 fue dos veces robado por militantes de la Juventud Peronista, y que por decreto de un gobierno de facto, fue trasladado el 21 de noviembre de 1967 al Regimiento de Granaderos, donde hoy reposa protegido por un templete inviolable.
El próximo aniversario de la Patria lo encontrará en otro lugar, el de antes, también custodiado por granaderos, para que lo admiren todos.