domingo, 19 de abril de 2015

La Cruzada de los 33 Orientales

Si desde el punto de vista patriótico son grandes estos raros ejemplares de valor y desinterés, también son grandes desde lo humano

 
La gran jornada

Todo hombre nacido en esta tierra, que con el pensamiento o con el corazón se acerque al acontecimiento legendario de la Cruzada, ha de sentir en su espíritu y hasta en su cuerpo, la conmoción que sigue a toda extraordinaria revelación.
 
Si a la visión simple y escueta del hecho inaudito se agrega la de su real significado, la conmoción alcanzará a remover, por misteriosas e instintivas repercusiones, todas las raíces de su ser.
 
A la naturaleza parece reservado el poder de provocar en nosotros estas hondas y perdurables sensaciones, pero los hombres, mejor aún, algunos hombres, suelen poner de tal manera en los hechos y en las cosas el sello de su influjo, que llegamos a sentir su obra con la misma intensidad que nos sobrecoge y nos desconcierta frente a las representaciones más acabadas de la naturaleza.
 
Reproduciendo a nuestros ojos, con no sospechada fidelidad, la obra del gran artífice, aparecen los hombres dirigiendo a los hechos. Y entonces nosotros los vemos agrandados, enormes, imponentes, sublimes, porque los vemos en los hechos, en las cosas, en el ambiente, abarcándolo y llenándolo todo.
 
Los hombres de 1825 son así.
 
Empeñosos, han cultivado día a día el espíritu de sus hermanos de infortunio v han visto multiplicarse el número de sus prosélitos; recios y sufridos, han predicado la buena nueva de la libertad, y la santidad de su causa ha encontrado junto con el aliento del desinterés, la pasividad del egoísmo; tocados por el destino para ser los ejecutores de un plan providencial, desproporcionado a sus medios, a él entregan vidas y haciendas sin tasa ni medida; y cuando llega el momento de sofocar su vocación guerrera para dar comienzo a la obra duradera de la paz, del orden, del límite a la arbitrariedad, estos hombres extraordinarios bajan sus espadas en señal de acatamiento al gobierno incipiente.
 
Símbolo son de las ideas democráticas que vienen a implantar.
 
Son hijos del pueblo, con arraigo en el pueblo, y su única esperanza v su única fe, es también el pueblo.
 
Jamás usarán de la fuerza sino como un medio imprescindible para aniquilar a una fuerza contraria y opresora. Fieles intérpretes del hermoso postulado que encarnan, será su finalidad esencial edificar sobre las ruinas.
 
Si desde el punto de vista patriótico son grandes estos raros ejemplares de valor y desinterés, también son grandes desde un punto de vista puramente humano.
 
Grandes, porque vienen a libertar a sus hermanos de la fuerza que los oprime y de la rapacidad que los aniquila; grandes, porque repudian los halagos y los premios ganados al bajo precio de la sumisión y del renunciamiento; grandes, porque se mueven y reaccionan al influjo de ideales desinteresados.
 
La patria es la obsesión de todas sus horas.
 
Cuando pisan el arenal y se hace el silencio solemne, y en él se destacan y ruedan las palabras del gallardo paladín, algo más que la proximidad de los cuerpos acerca y ata a los treinta y tres hombres allí congregados; es el pasado que revive en aquella escena; es la lucha incruenta, cruel y siempre renovada para alcanzar la ansiada libertad; es el pasado que vuelve, inexorable, a consumar el designio providencial; y los recuerdos se agolpan a la memoria, y los corazones laten con violencia inusitada, y el milagro empieza a consumarse.
 
Cuando Artigas, al decidir su retirada al Paraguay, después de sus últimas derrotas, mandó a Lavalleja, que se hallaba prisionero en la Isla das Cobras, aquel simbólico auxilio de 4.000 pesos, debió tener una anticipada visión de este inconfundible pronunciamiento.
 
Volvamos a tomar el hilo de los hechos.
 
Dice don Luis Ceferino de la Torre, que dispuestas las cosas y prontos para arrojarse a la empresa, partieron nuevamente de Buenos Aires, -Manuel Lavalleja, Sierra y Freire con una docena de compañeros, conduciendo el armamento a depositarlo en la Isla Brazo Largo, punto de reunión acordado, que estando cerca de la costa y de la estancia de Tomás Gómez, debían combinar con éste el día que les arrimase caballos a los expedicionarios.267
 
Spikerman, en su diario, declara que el 1° de abril se embarcaron a las 12 de la noche, en la costa de San Isidro, en un lanchón, los nueve primeros individuos de la expedición, desembarcando y acampando en una isla formada por un ramal del Paraná, llamada Brazo Largo.
 
Los nueve individuos eran: don Manuel Oribe, don Manuel Freire, don Manuel Lavalleja, don Atanasio Sierra, don Juan Spikerman, don Carmelo Colman, Sargento Areguati, don José Leguizamón (a) Palomo y baqueano Manuel Cheveste.268
 
De María incluye también en este primer contingente a Dionisio Oribe, criado de don Manuel Oribe.269
 
-Este primer grupo era portador de cantidad de armas, pertrechos y equipos recolectados en Buenos Aires.270
 
Dice Spikerman que el primer grupo de cruzados permaneció quince días a la espera de los compañeros que debían venir con Lavalleja; y De María asegura que durante la estada de aquellos en la isla, -pasaron de oculto a la costa oriental, Oribe, Lavalleja (Manuel) y el baqueano Cheveste, con el objeto de hablar con Gómez (don Tomás) y convenir el día y punto en que debía esperar con caballada a los expedicionarios.
 
Vueltos a la isla de Brazo Largo, aguardaron el arribo de la segunda expedición unos diez días más, al cabo de los cuales -don Manuel Lavalleja y don Manuel Oribe, genios impacientes y movedizos, determinaron irse con Cheveste a inquirir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, que por lo pronto era la primera necesidad que había que satisfacer.
 
Al llegar a tierra la noche era oscura, y casi a tientas dieron con una carbonería, cuyo dueño los llevó a la inmediata estancia de los Ruiz, quienes les explicaron que don Tomás Gómez había sido descubierto, teniendo que escaparse para Buenos Aires, y que las caballadas de la costa habían sido recogidas e internadas.
 
Cuando Ruiz concluyó su narración, Oribe le contestó resueltamente: pues, amigo, nosotros vamos a desembarcar, aunque sea para marchar a pie; mientras tanto, vean de darnos un poco de carne, porque nos morimos de hambre en la isla.
 
Vista por los hermanos Ruiz la decisión de los expedicionarios, convinieron en favorecer resueltamente sus intentos, en hacer las señales de aproximación, en aprontar los caballos, en hablar con algunos amigos y en evitar cualquier choque extemporáneo con aquel terrible Tornero que guardaba la costa".271
 
Volviendo a los demás expedicionarios y respecto de las incidencias de su travesía, es interesante la versión de Luis Sacarello, que vino como marinero en los lanchones de la segunda expedición.
 
-Hallábase Sacarello el año 25 en Barracas, entregado a sus faenas de carpintero de ribera, cuando en la tarde del 15 de abril fue tomado por un carpintero Manuel, de la partida, y sin permitirle hablar, embarcólo en un lanchón.
 
-Poco antes de ponerse el Sol partió el lanchón en dirección al Paraná de las Palmas, pero atracando a la costa de San Isidro recibió en esa noche a su bordo al General Lavalleja, siete oficiales y varios otros individuos". Y agrega el relato: "En el resto de la noche remontamos el Canal del Chaná, hasta la boca del Miní, en donde nos acercamos a una isla y continuamos la noche siguiente, del 17, hasta la boca del Guazú, y nos escondimos en la isla que está frente a Punta Gorda; a la noche siguiente, del 18, se nos dio la voz de silencio y palabra seca, por el temor que había a la vigilancia de los cruceros brasileños, y en cuanto llegamos a la Punta Gorda bajaron a tierra dos hombres, que volvieron pronto. Empezamos a costear río arriba hasta Punta Chaparro, en donde bajaron los dos hombres; seguimos a Casa Blanca (estancia), y allí también bajaron; continuamos hasta la Punta del Arenal Grande, y allí bajaron y hablaron los dos hombres con un austriaco que tenía inmediato a la costa un rancho, quien dio la noticia de que la gente que buscábamos se hallaba en el Rincón, entre el monte, y entonces fuimos hasta la Punta de Amarillo, que es la de San Salvador, en donde desembarcaron todos a las tres de la mañana del 19. Parece que allí encontraron gente reunida y entonces se internaron y nosotros nos volvimos para Buenos Aires.272
 
La versión transcrita no armoniza con lo declarado por Spikerman, en cuanto éste atribuye le demora de Lavalleja a un temporal que habría obligado a los expedicionarios a detenerse para no perecer; y al mismo tiempo pone en evidencia la inquietud que dominaba a los Cruzados, que en todas partes hacían alto y a la que no sería ajeno el temor por la suerte de sus compañeros.
 
Con Lavalleja venían don Pablo Zufriategui y 20 individuos más.
 
Reunidos todos los expedicionarios, -nos embarcamos en dos lanchones y navegamos toda la noche hasta ponernos a la vista de la costa oriental, a fin de hacer la travesía del Uruguay en la noche del 19.
 
El río estaba cruzado por lanchas de guerra imperiales, y por consiguiente emprendimos marcha en esa noche. A las siete, habiendo navegado como dos horas, nos encontramos entre dos buques enemigos, uno a babor y otro a estribor; veíamos sus faroles a muy poca distancia; el viento era Sur, muy lento, y tuvimos que hacer uso de los remos.273
 
La noche anterior, -una fogata encendida en una quebrada indicaba el punto a que debían dirigirse en la ribera; pero, como la noche fuese muy oscura y el viento contrariase la dirección de las velas, Ruiz cambió el punto en que debían aproximarse, que era en el Sauce, por otro de más favorable corriente, encendiendo otra fogata fugitiva en la embocadura de un arroyo llamado Gutiérrez, de la jurisdicción de la Agraciada.
 
En el sitio elegido para el desembarco, -los hermanos Ruiz y algunos orientales más esperaban allí con setenta caballos escondidos en unas breñas inmediatas.274
 
Contradicen esta afirmación el relato de Spikerman, las memorias del general Lavalleja y la opinión de la mayoría de los historiadores, según se verá en seguida.
 
Rezan las crónicas de la epopeya, que cuando los cruzados pisaron el suelo de la patria, no pudieron reprimir un impulso que los llevó a besarlo.
 
La escena, de por sí solemne, debió cobrar entonces toda su intensidad.
 
No constituía este hermoso gesto de honda emoción, una nota discordante ni extraña a la modalidad de aquellos hombres de sencillo corazón.
 
Si bien se mira, su obra entera era más que nada una obra de sentimiento.
 
El cálculo o las ventajas jamás dan resultados tan sorprendentes.
 
Las convicciones doctrinarias, por sí solas, podrán hacer legistas, pero nunca héroes.
 
Estas grandes e inauditas empresas han de partir del corazón.
 
Y el corazón había sido el único regulador en la vida abnegada y altruista de estos héroes auténticos.
 
Hacían bien en besar el suelo de la patria; tenían derecho a hacerlo.
 
Ya están los emigrados en la orilla deseada.
 
Son treinta y tres hombres, los mismos que desde 1822 recorrieron en incansable peregrinaje el territorio de las Provincias Unidas, y levantaron en Montevideo la bandera de la rebelión.
 
De sus malhadadas andanzas no traen más que el cansancio del camino y un poco menos de fe en la solidaridad humana.
 
Están solos, como entonces estaban. Abandonados a si mismos por todos aquellos a quienes llamaron en su ayuda, parece que buscaron lo imposible.
 
Nadie tiene fe en ellos, y ellos la siguen teniendo en sus principios.
 
Parecen iniciados en una religión que nadie entiende ni quiere entender.
 
Ellos, empero, avanzan sin vacilaciones, como si marcharan sobre un surco abierto de antemano o sobre los rastros de una huella.
 
Refiere un cronista de los hechos, que tomada tierra por los expedicionarios y escondidas las chalanas en el arroyo de Gutiérrez, volvióse Lavalleja a sus compañeros y con voz conmovida les dijo: -Amigos, estamos en nuestra patria; Dios ayudará nuestros esfuerzos, y si hemos de morir, moriremos como buenos orientales en nuestra propia tierra.
 
Agrega el mismo cronista que inmediatamente se ensillaron los caballos, 275 se hicieron los cargueros, y la expedición se internó en el bosque, buscando un punto más secreto y franco para despachar bomberos y chasques y ordenar el plan de campaña.276
 
Veamos ahora cómo relataba la heroica hazaña La Gaceta Mercantil, de Buenos Airea, en su número del 30 de abril: Banda Oriental.
 
 En este momento acabamos de recibir la plausible noticia del desembarco de los Bravos Orientales en su país, y del buen éxito de su primer encuentro con las fuerzas del Brasil (Argentino extraordinario de ayer).
 
Don Juan Antonio Lavalleja, don Manuel Oribe y otros varios oficiales y vecinos de la Banda Oriental que salieron de Buenos Aires decididos a libertar su provincia del yugo ominoso y degradante del Brasil, supieron el jueves 21 (es noticia traída por uno de los individuos que salieron en tan heroica empresa) que algunos de los individuos de quienes esperaban caballos y otros recursos en el momento de su desembarco habíanse visto precisados a fugar...277
 
Por su parte, El Argos, del 14 de mayo, decía: -Los sucesos que hoy tienen lugar en la Banda Oriental del Río de la Plata merecen llamar la atención de los críticos públicos, por la importancia y trascendencia que ellos traen consigo.
 
Es bien sabido ya que unos beneméritos patriotas decididos a sacrificar su inquietud, su bienestar y hasta su vida o redimir a su patria de la opresión y servidumbre en que está hace algunos años, concibieron el atrevido proyecto de presentarse ante sus compatriotas y de moverlos en masa para que los auxiliasen en la ejecución de su plan.
 
Aquél se ha ejecutado de un modo que excede las esperanzas que se habían formado al combinarlo, y que promete resultados los más prósperos a la conclusión de la guerra de la independencia por todas partes, y al establecimiento de una completa libertad en todos los puntos del continente americano".
 
Y agregaba haberse -sentido en todos los puntos de la Banda Oriental un sentimiento uniforme y decidido por sacudir su esclavitud y romper violentamente los vínculos que la ligaban a un gobierno extranjero.278
 
El programa de los patriotas es claro y terminante como la firme resolución que los mueve. Son éstos sus términos: -Llegó en fin el momento de redimir nuestra amada patria de la ignominiosa esclavitud con que ha gemido por tantos años y elevarla con nuestro esfuerzo al puesto eminente que le reserva el destino sobre los pueblos libres del nuevo mundo. El grito heroico de libertad retumba ya por nuestros dilatados campos con el estrépito belicoso de la guerra.
 
El negro pabellón de la venganza se ha desplegado, y el exterminio de los tiranos es indudable.
 
¡Argentinos, Orientales!
 
Aquellos compatriotas nuestros, en cuyos pechos arde inexhausto el fuego sagrado del amor patrio, y de que más de uno ha dado relevantes pruebas de su entusiasmo y su valor, no han podido mirar con indiferencia el triste cuadro que ofrece nuestro desdichado país, bajo el yugo ominoso del déspota del Brasil.
 
Unidos por su patriotismo, guiados por su magnanimidad, han emprendido el noble designio de libertadores.
 
Decididos a arrostrar con frente serena toda clase de peligros se han lanzado al campo de Marte con la firme resolución de sacrificarse en aras de la patria o reconquistar su libertad, sus derechos, su tranquilidad y su gloria.
 
Vosotros que os habéis distinguido siempre por vuestra decisión y energía, por vuestro entusiasmo y bravura, ¿consentiréis aún en oprobio vuestro el infame yugo de un cobarde usurpador?
 
¿Seréis insensibles al eco dolorido de la patria, que implora vuestro auxilio?
 
¿Miraréis con indiferencia el rol degradante que ocupamos entre los pueblos?
 
 ¿No os conmoverá vuestra misma infeliz situación, vuestro abatimiento, vuestra deshonra?
 
No, compatriotas; los libres os hacen la justicia de creer que vuestro patriotismo y valor no se han extinguido, y que vuestra indignación se inflama al ver la Provincia Oriental como un conjunto de seres esclavos sin gobierno, sin nada propio más que sus deshonras y sus desgracias.
 
Cesen ya, pues, nuestros sufrimientos.
 
Empuñemos la espada, corramos al combate y mostremos al mundo entero que merecemos ser libres. Venguemos nuestra patria; venguemos nuestro honor, y purifiquemos nuestro suelo con sangre de traidores y tiranos.
 
 Tiemble el déspota del Brasil de nuestra justa venganza. Su cetro tiránico será convertido en polvo, y nuestra cara patria verá brillar en sus sienes el laurel augusto de una gloria inmortal.
 
Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos.
 
La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros.
 
Decidios, pues, y que el árbol de la libertad, fecundizado con sangre, vuelva a aclimatarse para siempre en la Provincia Oriental.
 
Compatriotas: Vuestros libertadores confían en vuestra cooperación a la honrosa empresa que han principiado.
 
Colocado por voto unánime a la cabeza de estos héroes, yo tengo el honor de protestaros en su nombre y en el mío propio, que nuestras aspiraciones sólo llevan por objeto la felicidad de nuestro país, adquirirle su libertad.
 
Constituir la provincia bajo el régimen representativo republicano, en uniformidad a las demás de la antigua unión.
 
Estrechar con ellas los dulces vínculos que antes la ligaban.
Preservarla de la horrible plaga de la anarquía y fundar el imperio de la ley.
 
He aquí nuestros votos.
 
Retirados a nuestros hogares después de terminar la guerra, nuestra más digna recompensa será la gratitud de nuestros conciudadanos. Argentinos - Orientales:
 
El mundo ha fijado sobre vosotros su atención. La guerra va a sellar nuestros destinos. Combatid, pues, y reconquistad el hecho más precioso del hombre digno de serlo. —
 
Campo volante, abril de 1825. — Juan A. Lavalleja.
 
Los Treinta y Tres
 
En su obra Los Treinta y Tres, el doctor Luis Melián Lafinur, después de una seria laboriosa investigación de documentos, referencias v antecedentes, llega a la conclusión de que la única lista auténtica de los cruzados, es la comprendida en el Catálogo de la Correspondencia Militar del año 1825, publicada oficialmente por la Inspección General de Armas.
 
He aquí esa lista:
Coronel Comandante en Jefe...................... Don   Juan Antonio Lavalleja
Mayor ....................................................            Manuel Oribe
        ...................................................                Pablo Zufriategui
        ...................................................                Simón del Pino
Capitán ................................................              Manuel Lavalleja
          ................................................                 Manuel Freire
          ................................................                 Jacinto Trápani
  ................................................                                  Gregorio Sanabria
Teniente ................................................             Manuel Meléndez
            ................................................               Atanasio Sierra
            ................................................                        Santiago Gadea
Alférez    ................................................            Pantaleón Artigas
Cadete    ................................................            Andrés Spikerman
Sargento ................................................             Juan Spikerman
Cabo 1°  ................................................            Celedonio Rojas
Baqueano ................................................    "      Andrés Cheveste
Soldado   ................................................    "      Juan Ortiz
    "        ................................................      "      Ramón Ortiz
    "        ................................................      "      Avelino Miranda
    "        ................................................      "      Carmelo Colman
    "        ................................................      "      Santiago Nievas
    "        ................................................      "      Miguel Martínez
    "        ................................................      "      Juan Rosas
    "        ................................................      "      Tiburcio Gómez
    "        ................................................      "      Ignacio Núñez
    "        ................................................      "      Juan Acosta
    "        ................................................      "      José Leguizamón
    "        ................................................      "      Francisco Romero
    "        ................................................      "      Norberto Ortiz
    "        ................................................      "      Luciano Romero
    "        ................................................      "      Juan Arteaga
    "        ................................................      "      Dionisio Oribe
            ................................................               Joaquín Artigas
 
El Capitán don Basilio Araújo no vino incorporado a los Treinta y Tres, pero sí en la misma condición hizo el viaje por tierra, pasó el Uruguay, cumplió su comisión y se unió en la costa a los Treinta y Tres.
 
Cuando el doctor Melián Lafinur publicó la obra que se ha citado, basaba sus conclusiones en la primera revista de Comisario fechada el 30 de abril de 1825,279 en la lista publicada por Washington P. Bermúdez en el periódico Baturrillo Uruguayo con las firmas de don Juan Antonio Lavalleja y don Pablo Zufriategui; y, por último, en la lista contenida en un libro editado en París el año 1826, con un apéndice referente a la usurpación de Montevideo por los gobiernos portugués v brasileño.280
 
La autoridad indiscutible del investigador y la procedencia de los documentos tomados como fuente, nos eximirán de entrar en nuevas consideraciones acerca de la lista de los Treinta y Tres.
 
Pero he aquí que el mismo doctor Melián Lafinur, con posterioridad a la publicación de su folleto sobre Los Treinta y Tres, halló para confirmarlo más en su primer aserto, un nuevo antecedente de inapreciable significado, que con una pequeña variante reproduce en lo demás, exactamente, la nómina del Catálogo de la Correspondencia Militar.
 
Ese nuevo antecedente documental lo constituye la lista de los Treinta y Tres publicada en El Piloto del 7 de enero de 1826 que textualmente dice así: -Para la historia. — Relación exacta de los treinta y tres héroes orientales que llevaron la libertad a su patria:281
 
Sr. Don Juan Antonio Lavalleja          Sold. Manuel Ortiz
       " Manuel Oribe                           "        Ramón Ortiz
       " Pablo Zufriategui                      "        Avelino Miranda
       " Simón del Pino                        "        Carmelo Colman
       " Manuel Lavalleja                      "        Santiago Nievas
       " Manuel Meléndez                     "        Miguel Martínez
       " Manuel Freire                           "        Juan Rosas
       " Anatasio Sierra                        "        Tiburcio Gómez
       " Jacinto Trápani                        "        Matías
       " Gregorio Sanabria                    "        (ya no existe)
       " Santiago Gadea                        "        Juan Acosta
       " Pantaleón Artigas                     "        José Leguizamón
       " Juan Piquiman                          "        Francisco Romero
       " Andrés Piquiman                     "        Luciano Romero
Sargento      Celedonio Rojas                      "        Norberto Ortiz
Baqueano    Andrés Cheveste                      "        Juan Arteaga
                                      "        Dionisio Oribe
                                      "        Joaquín Artigas
La investigación parece haber constatado que los cruzados no eran treinta y tres, y ha llegado a comprobar que no todos eran orientales.
En cuanto al error de cantidad, con que se impugna la denominación más corriente de los cruzados —los Treinta y Tres—, creemos que no justificaría una variación de lo que constituye un bautismo popular, mantenido y trasmitido de generación en generación durante un siglo. Todos los razonamientos en pro de la precisión y de la exactitud, resultarían en este caso pequeños. Las características esenciales de la cruzada y el origen de sus elementos dirigentes, hacen de aquélla una obra eminentemente oriental, no obstante la nacionalidad de algunos de sus componentes.
Lavalleja, Oribe, Zufriategui, del Pino, Manuel Lavalleja, Freire, Trápani y la mayor parte de los cruzados; eran orientales; y eran orientales no sólo por haber nacido en la Banda Oriental. Eran orientales, sobre todo, por lo que desde 1811 habían hecho. Eran orientales, en último término, porque cuando desembarcaron en la Agraciada, la patria estaba con ellos y sólo con ellos.
Lugar del desembarco
Nuevas disidencias acusa la crónica en la determinación del lugar preciso en que los Treinta y Tres desembarcaron. Mientras unos afirman que fue en la Agraciada,282 otros atribuyen al Arenal Grande283 la gloria de tan elevado destino. El doctor Berra, en su "Bosquejo Histórico" y en sus notas a un trabajo alusivo, publicado en 1884 en la "Revista de la Sociedad Universitaria", empieza por declarar que a su juicio "no hay verdadera disidencia entre las dos versiones". "Examinada la región del Uruguay en que el hecho se realizó, se ve que desemboca el Catalán, formado por la confluencia del Arenal Grande y del Arenal Chico. Dos o tres leguas al Sud desagua el Agraciada, arroyo de mucha menos agua y extensión que el otro. Y más al Sud, algunas cuadras más al Norte que la punta de Chaparro, sale una cañada que se llamó a principios de este siglo de Guardiazábal; años después, hacia 1825, de los Ruices, y después, hasta hoy, de Gutiérrez". Después de afirmar que los Treinta y Tres desembarcaron en el arroyo de los Ruices, concluye en que "si dicen algunos que el desembarco se efectuó en la Agraciada, es porque aluden al distrito a que el arroyo así llamado da su nombre", y si otros convienen en que aquel tuvo lugar en el Arenal Grande, "es porque tal era en 1825 el nombre con que se designaba la extensión de tierra en que están comprendidos el arroyo de los Ruices (Gutiérrez) y el Agraciada". En síntesis, la opinión del doctor Berra —acorde en lo esencial con la de Ordoñana y con una base tan respetable como el testimonio de don Ignacio Núñez— es que los Treinta y Tres desembarcaron "en el Arroyo de los Ruices, en el Arenal Grande".284
Primeras consecuencias
Internada la expedición en el territorio del país, ve multiplicarse a su paso el contingente de sus adeptos. En el trayecto hasta la barra de San Salvador "treinta o cuarenta hombres montaraces", buscan un lugar en las filas; y aquellos otros hombres, montaraces también, a su manera, los reciben con los brazos abiertos. No era raro que en un pueblo oprimido, todos los hombres montaraces se sintieran hermanos.
Próximos ya al pueblo de San Salvador, que por informes recogidos se hallaba ocupado por una fuerza enemiga como de cien hombres al mando de Laguna, la noche favorece sus planes y consiguen acercarse más, sin ser sentidos, pues los oficiales de la guarnición están de baile.285 Advertido Laguna de la presencia de los patriotas, dispone que un oficial Balbuena vaya a reconocerlos. Al encuentro del emisario se adelanta don Manuel Lavalleja, quien preguntado por Balbuena sobre qué gente era aquélla, contesta Lavalleja: "Es la vanguardia del ejército libertador".286 Instado para que se plegase al movimiento, Julián Laguna abandona el campo patriota después de conferenciar con Lavalleja, quien entonces le advierte "que lo iba a cargar inmediatamente".287 Es el primer choque de las armas patriotas. La brega es corta y pronto sobreviene la dispersión de los imperiales. No exageraba don Manuel Oribe, cuando afirmaba en carta a don Luis C. de la Torre: "el 23 batimos en San Salvador a Servando Gómez y al Coronel Laguna, donde los dispersamos sin tirar un tiro y sí sólo a sable".288 Al día siguiente entran los expedicionarios en Santo Domingo Soriano y el pueblo los recibe sin ninguna muestra de reserva.
 
-En esta muy noble, valerosa y leal villa de Santo Domingo Soriano, puerto de la salud del Río Negro, en 24 días del mes de abril de 1825, los señores Justicia y Regimiento juntos y congregados en esta casa de nuestro Alcalde de primer voto, don José Vicente Gallegos, a pedimento del Comandante de las fuerzas armadas de la Patria, don Juan Antonio Lavalleja, que entró este día en esta villa, quien juntos nos pasó tres oficios: el 1° para que en el momento se mandaran aprestar las milicias del Departamento, que se hallaban bajo el mando de la Patria; el 2°, encargándonos el orden y sostén del vecindario y castigara a los malos, hasta la última pena si sus delitos así lo merecieran, y el 3°, privando todo auxilio a las fuerzas enemigas de la patria; cuyas contestaciones pasó nuestro Alcalde a nombre de este Cabildo; y no teniendo más que acordar, cerramos este nuestro acuerdo.289
 
Con posterioridad los capitulares de Soriano dieron cuenta a Lecor -de la entrada de las fuerzas de la patria en esta Villa, y le acompañaron copia de los oficios de Lavalleja y de las contestaciones del Cabildo.290
 
La laboriosa gestación está dando sus primeros frutos.
 
La campaña, hasta entonces oprimida, corre a agruparse en torno de los que vienen a salvarla.
 
De linde a linde hay como un estremecimiento de nueva vida.
 
Son las fuerzas dormidas, pero no muertas, que vuelven a recuperar el impulso inicial.
 
-Vamos a tener patria, y si tan pronto la tenemos se lo debemos a su coraje y decisión.291
 
No hacía Santiago Vázquez sino reflejar la nota dominante de este ambiente alborozado, cuando expresaba a Lavalleja: -La suerte de la Banda Oriental puede estar sujeta a accidentes y alternativas, pero jamás lo estará la carrera majestuosa que V. y sus dignos compañeros se han abierto para la inmortalidad.292
 
La Gaceta Mercantil de Buenos Aires es bien explícita respecto de la magnitud del pronunciamiento, cuando haciéndose eco de informes de un individuo conductor de la noticia, expresa que -quedaban con el valiente Lavalleja más de 200 hombres a los que se agolpaban en cada momento los desgraciados orientes, ansiosos de vengar la opresión en que los pusieran la traición y aspiración de un Imperio.293
 
En su número del 4 de mayo refiere El Argos el banquete con que los ingleses habían celebrado el 23 de abril, en la fonda de Faunch, el día de San Jorge; y entre los brindis pronunciados, reproduce uno del gran patriota Pedro Trápani, cuyo tono revela las esperanzas que los sucesos alentaban en los nativos.
 
Dice así: -Porque se consigan los esfuerzos que hacen los patriotas por libertar una pequeña parte de este continente que aún gime bajo las ignominiosas cadenas de los déspotas. Hablo, señores, de la linda y desgraciada Banda Oriental, cuyos hijos han demostrado ser tan dignos enemigos de los ingleses en la guerra como amigos sinceros de ellos en la paz".294 El mismo periódico, en suelto del 14 de mayo, asegura que los pueblos de la Banda Oriental llegarán a ser libres de sus opresores porque sus sacrificios y su resolución así lo exigen.
 
Prosigamos el relato de los hechos.
 
Mientras los cruzados tentaban sus primeros pasos, Rivera había dado cuenta a Félix Olivera, de -haber desembarcado en el Arenal Grande como 50 o 60 hombrea, los más oficiales, con Dorrego y Lavalleja, los cuales, según agregaba, -dispersaron al Coronel Laguna, que se hallaba sólo con 12 hombres en San Salvador.295
 
La noticia había partido quizá de Buenos Aires, pues el Cónsul del Imperio, Pereira Sodré, anunciaba al Gobernador de la Colonia, el 18 de abril, que habían pasado para esta banda, -Lavalleja, Manuel Oribe, Alemán y juntamente algunos oficiales más con 20 o 30 soldados con bastante armamento y dinero.296
 
A su vez el Gobernador de la Colonia respondía a este oficio, manifestando que -el señor brigadier don Frutos por estos días estará sobre ellos con 500 hombres.297
 
El suceso de Monzón desbarata después los cálculos de los imperiales, y la revolución se extiende, rotas ya las únicas vallas que detenían todavía su natural expansión.
 
El prodigio se cumple.
 
Es siempre el pasado que vuelve para combinar la disposición de las cosas y dirigir las voliciones de los hombres conforme a un plan providencial. Lavalleja y Rivera están juntos otra vez.
 
Son los hombres de 1817 que vuelven.
 
Es la consigna y hay que cumplirla. Quizá en la noche, cuando el reflejo de los fogones iluminó con su luz mortecina y gloriosa la paz del campamento, ahora todo uno, aquellos dos hombres, que acababan de sacrificar sus rencores y reservas, debieron sentir que la suerte toda de la patria estaba en sus manos.
 
 Todo vuelve a lo que antes fue. Al cabo de los años transcurridos, las manos se estrechan y los corazones se entienden.
 
Es el milagro de la voluntad cuando es cosa del corazón lo que la mueve.
 
El 2 de mayo Lavalleja escribe a su esposa, doña Ana Monterroso, desde San José: -El 19 de abril salté en tierra con los 33 patriotas; el 23 ataqué a don Julián Laguna y a Servando en San Salvador. El 24 entré en Soriano. No quise atacar a la Capilla de Mercedes por evitar un desorden en los vecinos de aquel pueblo. Continué mi marcha al interior de la campaña y tuve noticia que don Frutos venía en marcha de la Colonia a incorporarse a una fuerza de 300 portugueses que cruzaban la campaña, y ésta fue cortada por nosotros. Desatendí todas las atenciones y me propuse perseguirlo, y el 29 a las once de la mañana lo tomé con seis oficiales que le acompañaban y 50 y tantos soldados.298
 
Los patriotas siguen sin obstáculos su marcha, y después de pasar por Canelones, llegan en la mañana del 7 de mayo al Cerrito de la Victoria.
 
-El corto escuadrón desplegóse al galope por retaguardia de la cabeza en batalla, contestando al unísono a una arenga breve de su jefe, en tanto el porta elevaba la bandera en la cumbre del pequeño calvario, sitio de históricas leyendas. 299
 
Ya se insinuó antes que el acuerdo entre Rivera y Lavalleja fue un factor decisivo en la marcha de la revolución. Comprendiéndolo ellos así, quisieron hacerlo bien palpable a los orientales y a los brasileños; y el medio de difusión lo constituyeron los manifiestos que se transcriben.
 
Para exhortar a las tropas de su mando, Lavalleja y Rivera les decían: -Amigos: Vuestros Jefes os saludan, llenos del afecto con que siempre habéis distinguido nuestras personas y animados de vuestro decidido patriotismo, luego que nos habéis visto unidos para salvar nuestra digna patria os entregasteis al impulso y sin trepidar un solo momento han volado a seguirnos; nuestra gratitud será eterna, nueva muestra de vuestra noble confianza; nosotros afianzaremos hasta llenar vuestras dignas esperanzas y corresponderemos en un todo a vuestro empeño sagrado. Nosotros confiamos con vuestra constancia para la consolidación de la grande obra. Sed constantes orientales, y no separéis de vuestra vista el precioso objeto de la revolución; es preciso que averigüéis en vuestro seno todas las virtudes que os han hecho hijos de la grandeza: no manchéis un renombre tan glorioso con una conducta vil; vuestros Jefes y amigos os suplican y mandan que respetéis al vecindario, su familia y sus haberes; ellos han prodigado el fruto desunidor, minorando el alimento de sus hijos para facilitar la empresa; la sangre con que se han regado los campos que han servido de teatro a nuestras glorias, es la de los amigos, hermanos y parientes; todo lo han perdido en la empresa y conformados esperan recibir por nosotros su libertad, su sociego y respetados como propios ciudadanos de un país libre... —• Arroyo de la Virgen, 5 de mayo de 1825.300
 
Tratando de estimular en las tropas brasileñas sentimientos de solidaridad con la causa que los patriotas representaban, era ésta su exhortación: -Don Fructuoso Rivera y don Juan Antonio Lavalleja, a quienes muchos de vosotros conocéis, tienen la satisfacción de saludaros y haceros saber que el Brasil en 1822 descortinó sus miras y aclamó su independencia. Portugal hacía más de diez años que preveía estas consecuencias, y para frustrarlas maquinó la injusta invasión de este territorio en el año 16, pretextando mediar nuestras diferencias...
 
-Vosotros brasileños conocisteis esto mismo cuando os resolvisteis en 823 a despedazar el yugo y proclamar vuestra Libertad e Independencia, pero la maliciosa política de esos tiranos tendió nuevos lazos a vuestra incauta fe, para haceros volver a vuestra antigua servidumbre y de acuerdo el hijo con el padre tuvieron la osadía de echar por tierra el soberano Congreso que habíais instalado, cuya representación entorpecía sus miras ambiciosas.
 
Tropas Brasileñas. Jefes, Oficiales superiores, inferiores y soldados: Nosotros os hablamos con la verdad que nos es característica; si vosotros sois liberales, ¿por qué queréis desmentir vuestros principios oponiéndoos a nuestra sagrada libertad? Consentid en, nuestras ideas y en nosotros y hallaréis hospitalidad y un comercio pacífico que estreche más y más los vínculos de nuestra perpetua amistad.301
 
En consonancia con la anterior exhortación, exponían a los vecinos brasileños: -Don Fructuoso de Rivera y don Juan Antonio Lavalleja, a quienes los más de vosotros conocéis de bien cerca, os hablan con toda la pureza de sus sentimientos, para aseguraros que sin embargo del desarrollo que este país ha hecho a nuestra dirección para proporcionarse su libertad justa, así como el Brasil ha proclamado la suya, esto era consiguiente, pero así misino la guerra no es movida contra vuestras personas y bienes, es solamente contra la fuerza armada que se oponga y quiera privarnos de nuestros derechos; por esta razón nos apresuramos a haceros sabedores de que podréis sin cuidado alguno quedar en la Provincia, seguros que en toda forma seréis respetados y protegidos por el Gobierno y de todos los que dependan de sus órdenes. La guerra será honrosa y terminará muy en breve, por cuanto nuestros derechos se reclaman solamente a libertar nuestro país. Los brasileños serán nuestros amigos toda vez que sin oposición evacúen la Provincia y se retiren a sus pertenencias. Vecinos brasileños: no despreciéis la oferta que os hacen vuestros amigos, en que os ofrecen su palabra de honor. 302
 
 Cuando las tropas levantan su bandera en el Cerrito, Montevideo se dispone a sufrir una vez más la irritación de Lecor.
 
Este hombre vulgar, que entonces había perdido hasta las buenas maneras, -desconfía de todos, arresta a muchos patriotas, desarma al pueblo y deja tan sólo las armas en manos de portugueses.303
 
Los sitiadores, en tanto, en número de 73, van a librar el primer lance con fuerzas de la plaza. Son Oribe, Manuel Lavalleja y Atanasio Sierra los que dirigen.
 
El choque obliga a los imperiales a retirarse con precipitación.
 
Los reveses excitan la saña de los conquistadores y comienzan las prisiones y los confinamientos en el bergantín de guerra Pirajá, que anclado en Montevideo, llena cumplidamente los más siniestros designios de Lecor.
 
En La Gaceta Mercantil del 5 de mayo, se recoge la versión de que las prisiones han sido numerosas en Montevideo y de haber abandonado la ciudad, entre otros: Juan F. Giró, Juan Benito Blanco, Lorenzo Pérez, José Cátala, José Alvarez, León Ellauri, Emilio González, Ramón Massini, José Vidal, Manuel Vidal, Fernando Otorgués, Juan Pérez, Francisco Solano Antuña.304
 
Dentro del recinto de Montevideo fracasa entonces el proyectado movimiento de los pernambucanos: y las persecuciones continúan, y por todos los medios se trata de intimidar a la población, hasta llegar los brasileños a reclamar airados, "la trasplantación de todo hombre que hablase castellano".305
 
La empresa militar de los cruzados ha tendido todas sus líneas. Lavalleja se estacionará en el Pintado; Rivera quedará en el Durazno; Oribe y Calderón en el Cerrito; sobre las Vacas marchará desde Maldonado Leonardo Olivera; Simón del Pino mantendrá sus cuarteles en sus pagos de Canelones, y Manuel Durán operará en San José, mientras otras partidas atenderán los reclamos de la Colonia.
 
Es la materialización de la obra estupenda de los cruzados.
 
-Desbórdase la revolución hasta la frontera de Cerro Largo, sin quedar más puntos en poder de los brasileños, en la parte meridional del Río Negro, que Colonia y Montevideo.
 
Y es tal la sugestión y el arraigo del patriótico empeño, que según relato de un cronista digno de crédito, 600 hombres de caballería brasileña que se hallaban en Punta de Carretas cuando los orientales llegaron al Cerrito, permanecieron en fría expectación frente a las partidas que coronaban la eminencia, mientras la enseña de los Treinta y Tres se levantaba como la bandera de la mañana que entonces empezaba a clarear.
 
Notas:
267 Memorias citadas. En el mismo sentido, Domingo Ordoñana. Conferencias Sociales y Económicas.
268 Juan Spikerman, La primera quincena de los Treinta y Tres.
269 De María op. cit.
270 De María, op. cit.
271 Domingo Ordoñana, op. cit. Tornero era un jefe brasileño que vigilaba la costa del Uruguay.
272 La revolución de los Treinta y Tres. Benigno T. Martínez, Revista de la Sociedad Universitaria.
273 Spikerman. op. cit.
274 Domingo Ordoñana, op. cit.
275 Contra lo qua Ordañana declara en párrafo antes transcrito, el 20 de abril encontró a los cruzados "a pie en la espesura del monte talar que los encubría con la esperanza de poder montar a caballo. A su amparo hicieron la descubierta y no habiendo novedad divisaron un rancho al cual se dirigió don Manuel Lavalleja con el baqueano Cheveste, con los frenos en la mano en busca de caballos. En esa choza de un austríaco, encontraron un caballo atado. Lo toman, montan en él enancados Lavalleja y al baqueano. Por fin, a eso de las siete de la mañana divisaron a cierta distancia tres jinetes conduciendo una tropilla de caballos. Eran los hermanos Manuel y Laureano Ruiz, que con el peón Mariano Buján venían con caballada". De María, op. cit.
276 Ordoñana, op. cit.
277 La Gaceta Mercantil, Nº 457. Biblioteca Nacional, Buenos Aires.
278 El Argos N.° 150, Biblioteca Nacional, Buenos Aires.
279 Ver Anales del Ateneo del Uruguay.
280 Esquisses historiques, politiques et statistiques de Buenos - Ayres, des autres Provinces Unies du Rio de la Plata. París, 1826.
281 El Piloto, Colección del doctor Luis Melián Lafinur
282 Domingo Ordoñana, op. cit. De María, op. cit.
283 De la Torre, memoria citada. — Spikermian, op. cit. — Oribe, citado por Berra.
284 Ignacio Núñez, Efemérides, citado por Berra, op. cit.
285 Spikerman. op. cit-
286 De María, op. cit.
287 Spikerman, op. cit.
288 De María op. cit.
289 Archivo General Administrativo. Libro de Actas del Cabildo de Soriano.
290 Archivo General Administrativo. Libro de actas del Cabildo de Soriano.
291 Carta ds José J. Muñoz a Lavalleja. Colección Lamas. Archivo y Museo Histórico.
292 Colección Lamas, Archivo y Museo Histórico.
293 Biblioteca Nacional. Buenos Aires.
294 El Argos, núm. 146. Biblioteca Nacional, Buenos Aires.
295 Catálogo de la Correspondencia Militar del año 1825.
296 Deodoro de Pascual, op. cit.
297 Deodoro de Pascual, op. cit.
298 De María, op. cit.
299 Acevedo Díaz, Grito de Gloria.
300 Archivo y M. Histórico, papeles del Juzgado de San José (copia).
301 Archivo y Museo Histórico (copia).
302 Archivo y Museo Histórico (papeles del Juzgado Letrado de San José).
303 De la Sota, manuscrito citado.
304 Núm. 461. Biblioteca Nacional, Buenos Aires.
305 De la Sota, manuscrito citado.
 
Luis Arcos Ferrand
La Cruzada de los Treinta y Tres
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - Vol. 151
Ministerio de Educación y Cultura
Montevideo, 1976

viernes, 10 de abril de 2015

COMBATE POZO DE VARGAS

- 10 de abril de 1867 -
Lanzas contra fusiles

Los primeros días de abril el ejército “nacional” (mitrista) del Noroeste –reforzado con los veteranos del Paraguay y su brillante oficialidad y con los cañones Krupp y fusiles Albion y Brodlin que los buques ingleses habían descargado poco antes en el puerto de Buenos Aires- al mando del general liberal Antonio Taboada (del clan familiar unitario de ese apellido que dominó Santiago del Estero durante casi todo el siglo XIX), entró a la ciudad capital de La Rioja aprovechando la ausencia de su caudillo y obligó al coronel Felipe Varela a volver al sur para liberarla.
Al frente de los batallones de su montonera iban los famosos capitanes Santos Guayama, Severo Chumbita, Estanislao Medina y Sebastián Elizondo.
En plena marcha, el día 9 el caudillo invitó caballerescamente a Taboada “a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos” en un combate fuera de la ciudad “a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima de los horrores consiguientes a la guerra y el teatro de excesos que ni yo ni V.S. podremos evitar”.

Pero el general no era ningún caballero y no respondió.

Ubicó sus fuerzas en el Pozo de Vargas, una hondonada de donde se sacaba barro para ladrillos, en el camino por donde venían las montoneras.

El sitio fue elegido con habilidad porque Varela llegaría con sus gauchos al mediodía del 10, fatigados y sedientos por una marcha extenuante, a todo galope y sin descanso.

Mientras, los “nacionales” habían destruido los jagüeles del camino, dejando solamente el de Vargas, a la entrada misma de la ciudad, a un par de kilómetros del centro.

Taboada les dejará el pozo de agua como cebo, disimulando en su torno los cañones y rifles; sus soldados eran menos que los guerrilleros, pero la superioridad de armamento y posición era enorme.

En efecto, la montonera se arrojó sedienta sobre el pozo (“tres soldados sofocados por el calor, por el polvo y el cansancio expiraron de sed en el camino”), y fue recibida por el fuego del ejército de línea.

Una tras otra durante siete horas se sucedieron las cargas de los gauchos a lanza seca contra la imbatible posición parapetada de los cañones y rifles de Taboada.

En una de esas Varela, siempre el primero en cargar, cayó con su caballo muerto junto al pozo.

Una de las tantas mujeres que seguían a su ejército –que hacían de enfermeras, cocineras del rancho y amantes, pero que también empuñaban la lanza con brazo fuerte y ánimo templado cuando las cosas apretaban- se arrojó con su caballo en medio de la refriega para salvar a su jefe.

Se llamaba Dolores Díaz pero todos la conocían como “ la Tigra ”.

En ancas de la Tigra el caudillo escapó a la muerte.

Dolorez Díaz, "La Tigra" acompañaría por poco tiempo a la montonera.

Tuvo la mala suerte de caer prisionera de Taboada, que la trasladó a Brachal, un verdadero "campo de concentración" de Santiago del Estero.

Nada más se sabe de "La Tigra".(JMR.Guerra del Paraguay.p.270)

Al atardecer de ese trágico día de otoño se dieron las últimas y desesperadas cargas, y con ellas se terminaron de hundir todas las esperanzas de un levantamiento federal del interior en favor de la nación paraguaya de Francisco Solano López y la “guerra de la Unión Americana ”.

Con un puñado de sobrevivientes apenas, Felipe Varela dio la orden de retirada, diciendo –despechado- al volver las bridas: “¡Otra cosa sería / armas iguales!”.

La retirada se hizo en orden: Taboada no estaba tampoco en condiciones de perseguir a los vencidos.

Pero del aguerrido y heroico ejército de 5.000 gauchos que llegaron sedientos al Pozo de Vargas al mediodía, apenas quedaban 180 hombres la noche de ese dramático 10 de abril de 1867.

Los demás han muerto, fueron heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase, que resultó ser la villa de Jáchal.

Pero Taboada también había pagado su precio: “La posición del ejército nacional –informa a Mitre- es muy crítica, después de haber perdido sus caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no se encontrará quien facilite cómo reponer sus pérdidas”.

En efecto, como nadie le facilitaba alimentos ni caballos voluntariamente, saqueó la ciudad durante tres días.

Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Felipe Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, tan común entre los estancieros del noroeste argentino.

Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física.

Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y los razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa.

Aunque fuera una locura.

Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías.

Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de resolver entuertos y redimir causas nobles.

Todo un pueblo lo seguiría por los llanos. Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la nación con despachos firmados por Urquiza.

Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general de la nación) se lo había borrado del cuadro de jefes.

No le importó: siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas lo llamaran “bandolero”, igual que a Peñaloza.

La muerte del Chacho lo arrojó al exilio en Chile. Allí leyó dolido sobre la iniciación de la impopular Guerra del Paraguay.

Además, presenció el bombardeo de Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez, y se enteró con indignación que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra.

Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la prueba del antiamericanismo del gobierno de su país.

Pero cuando conoció en 1866 el texto infame del Tratado de la Triple Alianza, (revelado desde Londres), no lo pensó dos veces.

Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los “bocones” los llamará) del deshecho militar chileno. Equipó con ellos a unos cuantos exiliados argentinos y esperaron el buen tiempo para atravesar la cordillera.

Cuando se hizo practicable, al principio del verano, retornó a la patria mientras la noticia de Curupaytí con sus 10.000 bajas sacudía a todo el país.

Como la plata no le daba para contratar artilleros, los bocones apuntarían al tanteo, pero Varela no reparaba en esas cosas.

En lo que sí gastó su dinero fue también en ¡una banda de músicos!, para amenizar el cruce de la cordillera y alentar las cargas futuras de su “ejército”.

Esa banda crearía la zamba, la canción épica de la "Unión Americana" en sus entreveros, la más popular de las músicas del Noroeste argentino.

A mediados de enero está en Jáchal, San Juan, que será el centro de sus operaciones.

La noticia del arribo del coronel con dos batallones de cien plazas, sus dos bocones y su banda de música corrió como el rayo por los contrafuertes andinos.

Cientos, y luego miles de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba sacaron de su escondite la lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia, ensillaron el mejor caballo y, con otro de la brida, galoparon hacia el estandarte de enganche.

A los quince días el coronel contaba más de 4.000 plazas con apenas 100 carabinas.

No hay uniformes, ni falta que hacen: la camiseta de frisa colorada es distintivo suficiente; un sombrero de panza de burro adornado con ancha divisa roja (“¡Viva la Unión Americana ! ¡Mueran los negreros traidores a la patria!) protege del sol de la precordillera.

A veces la divisa se ciñe como una vincha sobre la frente, evitando que la tupida melena caiga sobre los ojos.

Y, ¡cosa notable!, hay una disciplina inflexible: un soldado de la Unión Americana debe ser ejemplo de humanidad, buen comportamiento y obediencia.

Por las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por toda la República :

“¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas del caudillo Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú y Curupaytí. Nuestra nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes, tan rica en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una esclava quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre y sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que después de la derrota de Cepeda, lagrimeando juró respetarla.

“Tal es el odio que aquellos fratricidas porteños tienen a los provincianos, que muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y asesinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazával y otros varios dignos de Mitre.

“¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia! ¡Cincuenta mil víctimas inmoladas sin causa justificada dan testimonio flagrante de la triste e insoportable situación que atravesamos y es tiempo de contener! “¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de Uruguayana, al precio del oro, las lágrimas y la sangre paraguaya, argentina y oriental!

“Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas.

“¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el enemigo. Allí os invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte vuestro jefe y amigo, el coronel Felipe Varela”.


Un día llega a los fogones de Jáchal donde se preparaba el ejército nada menos que Francisco Clavero, a quien se tenía por muerto desde las guerras del Chacho cuatro años atrás.

Antiguo granadero de San Martín en Chile y el Perú, era sargento al concluir la guerra de la Independencia.

Integrará bajo Rosas las guarniciones de fronteras donde su coraje y comportamiento lo hacen mayor.

Don Juan Manuel lo llevará mas tarde al regimiento escolta con el grado de teniente coronel. Asiste a la batalla de Caseros –del lado argentino- y será con el coronel Chilavert el último en batirse contra la división brasileña del marqués de Souza.

Urquiza, que prefería rodearse de federales antes que de unitarios, después de Caseros no admite su solicitud de baja y en 1853 estará a su lado en el sitio de Buenos Aires.


Con las charreteras de coronel otorgadas por Urquiza combate en el Pocito contra los “salvajes unitarios” y fusila al gobernador Aberastain después de la batalla.

Cuando llegan las horas tristes de Pavón debe escapar a Chile perseguido por la ira de Sarmiento, pero vuelve para ponerse a las órdenes del Chacho.

Herido gravemente en Caucete, cae en poder de los “nacionales” que lo han condenado a muerte y tienen pregonada su cabeza.

Sarmiento, director de la guerra, ordena su fusilamiento, que no llega a cumplirse por uno de esos imponderables del destino: un jefe “nacional” cuyo nombre no se ha conservado, compadecido del pobre Clavero, lo remite con nombre supuesto entre los heridos nacionales al hospital de hombres de Buenos Aires e informa al implacable director de la guerra que la sentencia “debe haberse ejecutado porque el coronel “no se encuentra entre los prisioneros”.

Un milagro de su físico y de la incipiente ciencia quirúrgica le salva la vida en el hospital.

No obstante faltarle un brazo y tener un parche de gutapercha en la bóveda craneana, abandona el hospital cuando llegan a Buenos Aires las noticias del levantamiento del norte.

El viejo sargento de San Martín consigue llegar al campamento de Varela, donde todos lo tenían por muerto; se dice que, sin darse a conocer entre la tropa –donde su nombre tenía repercusión de leyenda- se acercó a un fogón, tomó una guitarra y punteando con su única mano cantó:


“Dicen que Clavero ha muerto,
y en San Juan es sepultado.
No lo lloren a Clavero,
Clavero ha resucitado”



El entusiasmo de los gauchos fue estruendoso, tanto que sus ecos retumbaron en Buenos Aires, donde los diarios se preguntaban por qué no se cumplió la sentencia contra el coronel federal, y quién era responsable por no haberlo hecho.

La noticia de la resurrección de Clavero llegó hasta Inglaterra, donde Rosas, viejo y pobre pero nunca amargado ni ausente de lo que ocurría en su patria, seguía con atención la “guerra de los salvajes unitarios contra el Paraguay” y llegó a esperar que fuera realidad la unión de los pueblos hispánicos “contra los enemigos de la causa americana”.

El 7 de marzo de 1867 escribe a su corresponsal y amiga Josefa Gómez (otra ferviente paraguayista), en una carta que se guarda en el Archivo General de la Nación : “Al coronel Clavero, si lo ve V., dígale que no lo he olvidado ni lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar la virtud de su fidelidad”.

Pero volvamos al Quijote de los Andes, que después del desastre de Pozo de Vargas no se siente vencido.

Entra a Jáchal entre el repique de las campanas y el júbilo del pueblo entero.

A los pocos días sus fuerzas aumentan con los dispersos que llegan de todos los puntos cardinales y se dispone a marchar por los llanos.

En los altos de la marcha, los sobrevivientes cantan la letra original de la zamba de Vargas.


Los “nacionales” vienen
¡Pozo de Vargas!
tienen cañones y tienen
las uñas largas.
¡A la carga muchachos,
tengamos fama!
¡Lanzas contra fusiles!
Pobre Varela,
que bien pelean sus tropas
en la humareda.
¡Otra cosa sería
armas iguales!


Luego el ejército mitrista se apropiaría de esa música y le cambiaría la letra a la zamba de Vargas.
El coronel es baqueano de la cordillera. Deja la villa y por escondidos senderos se interna en las montañas para caer por sorpresa en los lugares más inesperados.

Es una guerra de recursos, difícil, pero la única posible cuando no se tienen armas y se sabe que la inmensa mayoría de la población le apoyará y seguirá.

Como un puma se desliza entre sus perseguidores.

No se sabe donde está.

Diríase que está en todas partes al mismo tiempo.

No es posible arrearse maneado un contingente de “voluntarios” para la guerra del Paraguay, porque los jefes “nacionales” siempre temen que Varela se descuelgue de los cerros y ponga en libertad a los forzados como hizo el otro Quijote, el de la Mancha , con los galeotes.

Pero estos no le pagarán a pedrada limpia, sino que se le unen para seguir la lucha imposible por la alianza con las repúblicas de la misma sangre.

Cuerpeando las divisiones nacionales, Varela se desliza por los pasos misteriosos de la cordillera.

En octubre, mientras se lo supone en San Juan y se lo espera en Catamarca, Varela baja de la cordillera con mil guerrilleros, esquiva a los “nacionales” que han corrido a cerrarle el paso, y al galope va a Salta donde espera proveerse de armas y alimentos.

Toma la ciudad por una hora escasa (aunque los defensores contaban con 225 entre escopetas y rifles contra 40 de las montoneras).

De allí siguió a Jujuy y por la quebrada de Humahuaca llegó a Bolivia, donde Melgarejo –en ese momento simpatizante del Paraguay- le dio asilo.

En Potosí, Varela publicará un manifiesto explicando su conducta y prometiendo el regreso.

Cuando Mitre terminó su presidencia y lo reemplaza el candidato opositor Sarmiento, se esperó por un momento que terminase la guerra con Paraguay.

No hubo tal cosa, y eso decide el regreso de Varela. (También que Melgarejo ha cambiado de opinión y ahora está muy amigo de Brasil).

El coronel, con escasos seguidores y sin armas de fuego, toma el camino de Antofagasta. Su hueste no alcanza a cien gauchos.

La “invasión” amedrenta en Buenos Aires, que manda al general Rivas, al coronel Julio A. Roca y a Navarro a acabar definitivamente con el ejército gaucho.

No tremolará mucho tiempo el estandarte de la Unión Americana en la puna de Atacama.

Basta un piquete de línea para abatirlo en Pastos Grandes el 12 de enero de 1869.

Los dispersos intentan volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide.

Toman entonces el camino de Chile.

Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno manda un buque de guerra para desarmar al “ejército”.

Encuentran un enfermo de tuberculosis avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados y famélicos.

Les quitan las mulas y los facones y los tienen internados un tiempo.

Después los sueltan, vista su absoluta falta de peligro.

Varela se instala en Copiapó, donde morirá el 4 de junio de ese año.

“Muere en la miseria –informará el embajador Félix Frías al gobierno argentino- legando a su familia que vive en Guandacol, La Rioja , sólo sus fatales antecedentes”.

Pero también debemos decir que Felipe Varela nos dejó a los argentinos –además de su magistral legado de hombría de bien, dignidad y coraje- una creación esencial de nuestro patrimonio cultural, al traer la zamacueca chilena que tocaban los músicos para distraer los ocios y entonar el combate de sus montoneras.

Tal vez la tierra argentina y el acento del canto de los gauchos hizo mucho más lánguidos sus compases.

Lo cierto es que en los fogones de Jáchal y en los llanos riojanos nacerá la zamba, que rápidamente se extenderá por toda la región.


Fuente: Agenda de Reflexión Nº 271, Año III, Buenos Aires, Lanzas contra fusiles. Investigación histórica de José María Rosa. Puede consultar también:

La Confederación Argentina
Felipe Varela
Batalla de Pastos Grandes
Los "voluntarios" de la Guerra del Paraguay
Ver más "batallas y combates" en el indice: BATALLAS
Se permite la reproducción citando la fuente: www.lagazeta.com.ar

jueves, 9 de abril de 2015

Jardín Florido



 Una de esas historias  cordobesas que siempre nos dejan pensando y tanto bien nos hace, cuando nace ese sentimiento de querencia, respirar ondo y llenando los pulmones de Córdoba. Nuestra querida Docta. Este mítico personaje que arribo a la argentina en 1914, no se sabe con precisión el mismo día, se sabe que estuvo en el hotel de los inmigrantes, antes de instalarse definitivamente en la ciudad de córdoba. Su nombre, Fernando Bertapelle, las ilusiones, como muchos inmigrantes “hacer la américa y volver” Dejó allí en Italia en Bassano di grappa, a su madre Clementina Alviero, y su novia Emma, aquí se gano la vida en múltiples trabajos; de mozo en el Ferrocarril Belgrano, como encargado en el Crisol Club, Como mayordomo en La Carlota, como gestor inmobiliario, y sin embargo, cuando pudo, armo su baúl y regreso a buscar a Clementina y a Emma. Descubrió allí lo triste de la noticia, habían muerto en la guerra su madre y su novia, no pudo superar aquel dolor, y se cuenta que se despidió diciendo:
“madre te veré en todas las flores, cada una una de ellas tendrá tu rostro, tu mano cariñosa y tu voz. Emma te veré en todas las mujeres y cada dama a cada una de ellas respetaré y reverenciare como si fueras tu.”
Volvió a nosotros y se transformo en un mítico personaje de la Córdoba floreciente de la docta ciudad. Lo bautizaron Jardín Florido.
El siguiente un video con el recitado de Omar Cerasuolo y el vals de Raul F. Montachini, Cordobés nacido en el corazón de la pampa gringa "El Arañado" quien nos dejara el 6 de Mayo del 2014, con un sentimiento de adiós interminable. Y con la interpretación del querido amigo Pablo Lozano.



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